Auge y descenso de “La Cuarta Gracia”

Las 3 G¿Quién, si yo gritara, me oiría desde las jerarquías de los ángeles?, y aún en el caso de que uno me cogiera de repente y me llevara junto a su corazón: yo perecería por su existir más potente. Porque lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible (…)”

Rainer María Rilke

Pocas veces se habla de las relaciones que los documentalistas establecen con sus personajes.  Por lo general, el público y la crítica sólo refieren sus comentarios a la situación planteada en la película, a si ésta está bien fotografiada, bien planteada ó bien montada.  En excepcionales casos se habla de la pertinencia de su aparición en un contexto determinado.  Pocos refieren ciertas situaciones misteriosas, quizás místicas que surgen a partir de la relación entre el realizador y sus personajes en el largo proceso de creación de una película.

Las siguientes líneas buscan atestiguar la amistad de ocho años que entablé con Zulay Contreras Miralles, protagonista del documental “La Cuarta Gracia” y a la vez, desahogar la conmovedora experiencia que significó el estreno de la película y su muerte doce días después, el día siete de febrero del 2012.

El lunes 23 de enero del 2012 fui a ver a Zulay.  Yo había llegado a Caracas días antes. Tras más de año y medio de ausencia, me había dispuesto a organizar todos los preparativos para el estreno.  La reunión con el Centro de Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela (CEM), institución académica que acogió la iniciativa de presentar la película fue, como siempre, absolutamente solidaria y cordial.   De manera que una vez acordada la fecha, la hora y los participantes, nos dispusimos a darle difusión al evento.  Recuerdo que esa mañana encontré a Zulay en la calle.  Andaba con un cachorrita de golden retriever llamada “Milky way”.  Zulay siempre acostumbró andar con hermosos perros de raza.

Zulay nocheNos vimos, nos abrazamos largamente y nos sentamos a conversar, a ponernos al día.  Yo sabía que había estado molesta por mi ausencia y porque sabía que habíamos ganado el premio del Festival Documenta.  A pesar de que a través de amigos le envié correspondencias que explicaban mi precaria situación económica, condición que me impidió asistir a ese festival en Caracas, la distancia y cierta cizaña habitual por parte de algunos de sus familiares, había influenciado su carácter.

Zulay_RaymondSin embargo, el día de nuestro encuentro bastaron unos segundos para que los malos entendidos se esfumaran y el afecto y confianza mutuas se hicieran presentes.  Zulay me mostró una foto junto a sus dos hijos y me contó la terrible experiencia de la muerte de Raymond, su primogénito, ocurrida cinco meses antes:  “Si yo hubiera estado allí, no se habría caído”, me decía, mientras sus ojos avizoraban lágrimas que pronto eran contenidas por sendos sorbos de aguardiente San Tomé.

Río ValleRaymond había estado consumiendo crack tras varios días sin comer, en la ribera del río El Valle que se encuentra bajo el puente que comunica a Los Chaguaramos con la plaza Las Tres Gracias.  Desde abril del 2011, el grupo de personas que habitaban la plaza se mudó a esta área pues militares y funcionarios de la Alcaldía de Caracas los desalojaron de su lugar habitual.  De modo que Raymond, quien ya había dado síntomas de convulsiones anteriormente, volvió a tener este padecer y cayó de cabeza contra una de las laderas de cemento que bordean el río para más tarde sumergirse en las aguas que a la altura de Bello Monte se funden con las del Guaire.  “Yo iba en la ambulancia con él y a medida que pasaba el tiempo, la cabeza se le iba poniendo más grande”,  comentaba Zulay acerca de la polifractura de cráneo que instantáneamente hizo perder la consciencia de su hijo y que provocó su muerte horas después.

Barrio Los ChaguaramosPronto, el aguardiente no fue suficiente para sostener tan cruel historia: “Ahora una piedra está costando 30 bolos. Regálame algo, flaca”.  Dijo entre trago y trago, con la angustia propia de cualquier venezolano al que diariamente golpea la inflación. A pesar de mi asombro por lo rápido que bebía el San Tomé -en ocho años de amistad jamás ví a Zulay consumir una bebida tan fuerte- me bajé de la mula con la respectiva cuota y nos despedimos.  Era obvio que el recuerdo picaba como la falta de crack, haciendo imperioso el escape al barrio Los Chaguaramos.

En su ranchitoEn un segundo encuentro, ocurrido horas después, tuve el honor de conocer el nuevo hogar de Zulay desde su desalojo en la plaza:  Un cuartito destinado a la basura ubicado en un edificio aledaño famoso por tener un concurrido bar estudiantil llamado “Las Tres G”.  Aunque el lugar se me hizo infrahumano, me dió gusto saber que después de veinte años no dormía a la intemperie y podía resguardar sus ropas, perfumes y joyas de los ladrones.  También me dio gusto ver el cariño de sus vecinos quienes,  tras haberla visto durante tantos años en la plaza, le habían dado el trabajo estable de mantener limpio el edificio.  Nuevamente nos despedimos con la promesa de encontrarnos a las ocho de la noche para escoger entre ambas la pinta del día del estreno.

Aunque Zulay nunca se caracterizó por la impuntualidad -siempre estuvo al toque a las horas y fechas pautadas para las grabaciones- me pidió esa noche que la esperara cerca pues tenía algo importante que resolver.  Tuve entonces la idea de sentarme en el bar “Las tres G” y pedir una cerveza que pudiera compartir con ella. Esperé unos cuarenta minutos, la cerveza se calentó pero valió la pena la espera.  Teníamos mucho tiempo sin vernos y andábamos en la víspera de nuestro día.  Después de seis años de trabajo al fin íbamos a presentar nuestra película.  De modo que ya cerca de las nueve de la noche, Zulay llegó. Con timidez le dijo a la dueña que iba a tener el honor de sentarse por primera vez en su bar y, entre las risas que caracterizaron siempre su encanto, le enseñó a la señora uno de los volantes promocionales de nuestro evento, al tiempo que me presentó como la productora y directora de su película.  La propietaria, gratamente sorprendida, manifestó de inmediato su deseo de asistir a la función. Ambas intercambiamos una mirada cómplice: nuestro pequeño éxito había comenzado.

El que me conoce me quiereLa charla estuvo bien a pesar de que Zulay no quiso tomar cerveza.  Mejor dicho, sí quiso un poquito pero mezclado con el aguardiente que guardaba en su cartera.  Tras un par de sorbos se puso sus lentes -ya no veía bien- y me sacó un papelito que ella había escrito bajo dictado de su mamá.  No hay nada demasiado importante qué decir al respecto pues las palabras obedecían a lo habitual; es decir, se trataba de descalificaciones a mi persona y al proyecto, así como amenazas que llevaban el nombre de un tal Tulio no sé quién, que presumí era un abogado.  Ninguna de las dos hicimos caso.  A fin de cuentas, en nuestro trabajo nada estuvo fuera de la ley y Zulay siempre mantuvo firme la convicción de que aunque fuera una despojada de casa, de bienes y de afectos,  si algo no podría quitarle nadie era el derecho a contar su historia.    Así que nuestra charla viró rápidamente hacia asuntos más íntimos e importantes: el aprendizaje que habíamos obtenido las dos en la realización la película.  Fue duro enterarme de la muerte de algunos participantes -la más fuerte la de su primogénito hijo Raymond- y explicarle que en ese momento no podía entregarle las cincuenta copias prometidas.  El documental había sido ya introducido en festivales que ponían como condición la inexistencia de un DVD en manos de los informales (buhoneros, piratería).  Zulay, que siempre fue buena para los negocios, entendió rápidamente que cuanto más participación tuviera el docu en festivales, más posibilidades tendría ella de subir el precio de su venta.   Debo confesar que a mí no me hacía ninguna gracia que el tiempo, trabajo y dinero invertido durante seis años fuera a parar a los bolsillos del narcotráfico que son, quienes a fin de cuentas, manejan buena parte del negocio de quemaítos en las afueras de la UCV.  Después de todo, ese era el destino que iba a tener nuestro esfuerzo pues el objetivo de Zulay fue siempre el de fumarse la película.  Pero bueno, esas reflexiones las fui obteniendo con el tiempo y son parte ahora del aprendizaje de este proceso.

Zulay y RenéYa entrada la noche, nos pusimos al día con nuestras relaciones.  Ella me contó de René (su pareja en la calle)  y yo de mi esposo y la vida en México.  Como dos buenas amigas, terminamos la charla y Zulay me escoltó hasta mi casa para protegerme de las peligrosas y oscuras calles chaguarameras.  En la despedida, acordamos la cita para escoger su atuendo el día del estreno.

La noche siguiente, dentro de su cuartito, Zulay me mostró dos opciones: un vestido color rosa que estaba ligeramente manchado y un traje negro que iría acompañado de una malla “zycoterror”, término que usaba ella para describir todo lo que le gustaba en extremo.  Ya lo había estrenado en la fiesta de fin de año nuevo y la verdad, también me resultó más adecuado. Me preocupaban los zapatos y el arreglo de su pelo pero, como siempre, Zulay ya tenía todo eso adelantado.

Tras sentir su exacerbado entusiasmo, le pedí que guardara recato esa noche.  Ella me aseguró que ya tenía unas pepas para calmar la ansiedad:  Yo no voy a hacer nada mal, aseveraba segura de sí misma, mientras a mi me mataban los nervios al punto de casi pedirle que me compartiera sus medicinas.  Fue así que nos despedimos hasta la mañana siguiente, cuando después de correr la copia en la sala antes de la exhibición, volvería a verla.  Creo que aunque Zulay no demostrara nervio alguno, sí necesitaba que yo estuviera lo más cerca posible esos días.  La verdad, yo también tenía esa necesidad.  Así que a eso de las once de la mañana del día siguiente volvimos a vernos y a darnos fuerzas. Quedaban horas para el estreno.

ToyotaDos y cuarto de la tarde del día miércoles veinticinco de enero del 2012.  Me conmueve mucho describir el júbilo de ese momento.  Me paré en la reja del edificio y la llamé.  Ella salió hermosamente ataviada y vestida, con todas sus pulseras, zarcillos y varios collares de diverso tamaño y motivos religiosos.  Estaba muy bien peinada, su estilista personal (un trans llamado Allan, que se presentaría en la función horas después), la había maquillado, cortado y peinado muy bien.  Zulay salió de su casa y tomó mi brazo con fuerza para no soltarlo en todo el trayecto hasta la universidad.  Cruzamos la calle y gritó a cuanta persona encontrara a su paso que iba al estreno de su película.  A todos me presentó como su productora-directora y nadie quedó indiferente a la emoción que de ella emanaba.  Trabajadores de la Toyota salieron a felicitarla y a alabar lo hermosa que se veía.  Otro chico que estaba montándose en una camioneta también la felicitó.  Mientras íbamos caminando me lamentaba de que nadie hubiera estado con nosotros para grabar tan feliz momento.  Sin embargo, en el fondo, también había querido compartir esa inmensa dicha solamente con ella, de algún modo sentí que cualquier tercero sería un intruso en el tesoro que significaba el clímax de nuestro sueño.

Buhoneros UCVCruzamos la avenida del Paseo Los Próceres.  El señor de la parada de taxis que está frente al metro le silbó.  Acto seguido le dio a Zulay un piropo soez y típicamente caraqueño:  “Estás como pa llevarte a un motel, catira”.

Dama de estirpe aunque viviera en la calle, Zulay respondió aguerrida: ¿Qué motel ni qué motel, goldo?  Voy al estreno de mi película, ¡asústate!.  El tipo se quedó de una pieza y nosotras reímos a carcajadas. Los buhoneros de la entrada de la UCV hicieron eco del chiste y le dieron alabanzas amables.

Fuertemente agarradas, entramos en la UCV y ella me pidió que nos detuviéramos.  Sacó de entre su chaqueta de cuero la botella de aguardiente de litro y medio, a la que le quedaba menos de un cuarto:  Yo ahorita consigo una botellita chiquita por ahí, pa’ encaletámela, me dijo mientras bebía un par de tragos.

Temerosa por la botella, le pedí que me la diera. Era mejor que yo la guardara en mi bolso.  No muy convencida aceptó.

Llegamos a la entrada de la Facultad de Humanidades.  Allí nos recibió Isabel Zerpa, directora del CEM, junto a su esposo, el crítico de cine y feminista Fernando Arangúren.  Otros amigos se fueron sumando y Zulay quiso ir a Tierra de nadie. Me pidió de inmediato la botella de aguardiente.  Le dije que era un día delicado y se molestó por mi desconfianza.  Ella sabía mejor que yo la importancia del evento.  Pronto llegó un amigo de Zulay, un señor muy simpático y educado, que también vive en la calle y que vestía un elegante saco puesto especialmente para la ocasión.  Zulay se encompinchó inmediatamente con este señor a quien llamaba el malcojío.  Entendí que el apodo tenía que ver con un juego de palabras relacionado a su nombre y no con esta cualidad en sí.  El caso es que se me fueron perdiendo de vista y a un cuarto para las tres de la tarde, muy angustiada, fui con dos de mis mejores amigos a buscarla.  Por suerte, Zulay no estaba perdida, sólo estaba de parranda junto al malcojío, con el aguardiente en una botella de agua y la piedra montada.    Entre contenta y malhumorada por haberla sorprendido en el momento crucial de la fumada, me acompañó hasta la Facultad.

Zulay_Alix_AixaA las afueras del auditorio había una gran multitud entre la que se contaba el hijo menor de Zulay, su nuera viuda y Ana Cecilia, la hermana de su marido encargada de la crianza de sus dos hijos.  La presencia de ellos la emocionó mucho.  Era para ella especialmente relevante tener el apoyo de su familia en ese momento.  Aparte de estas valiosas personas, debo decir que entre los asistentes estuvieron también importantes personalidades del ámbito académico, entre los que se contaban las docentes feministas Isabel Zerpa, Gioconda Espina, Aixa Armas, Alix García y Magdalena Valdivieso; así como artistas de la talla del poeta Rafael Cadenas, la documentalista Franca Donda y la también cineasta Mariana Rondón.  De manera que, además de la gente que más amaba en la vida, Zulay tuvo también un público de primerísimo nivel en su estreno: Hay que ver que la gente sí habla paja, dijo en referencia a las cizañas sembradas previamente por algunos allegados.

Presentación_1Entramos.  Las feministas se encargaron de que Zulay y su familia tuvieran su puesto en primera fila.  El amigo de Zulay también se sentó adelante pero en un grupo de butacas continuo.  Isabel Zerpa nos presentó.  Zulay me tomó fuertemente de un brazo y el otro lo destinó a apretar a su hijo menor. Las luces se apagaron y la función comenzó.

Durante los cincuenta y dos minutos de la película no me soltó.  Bebía y hablaba a cada instante interactuando con la película, recordando su pasado y las personas que estuvieron y ya no estaban.  No pudimos contener las lágrimas en el segmento dedicado a Raymond:  “Mi bebé… Mi bebé”, susurraba entre sollozos y tragos que aminoraran el dolor.

Zulay_panelFinalmente, la película terminó.  Malcojío fue el primero en levantarse, se acercó y chocó sus nudillos contra los míos:  “Te botaste, chamita”.  Zulay y yo nos abrazamos. Ambas estábamos muy conmovidas y subimos al estrado.  Allí, después de las palabras de la profesora Zerpa y de Fernando Arangúren hablamos un poco de la experiencia.

Para mi sorpresa y la de todos, Zulay dio las gracias en inglés y en español.  Estaba profundamente conmovida: Quiero que sepan que yo entregué mi vida a esta porquería, pero espero que esta película sirva para que ninguno de ustedes pruebe jamás esta droga maldita que se llevó la vida de mi hijo.

Tras el quiebre de voz se repuso y dio las gracias otra vez.  Habló de lo feliz que la hacía que su hijo y su familia estuviera presente.  Conmovida, la periodista Aixa Armas tomó el micrófono para referir que, aunque Zulay tuviera veinte años en la calle, no había perdido su buen gusto y su feminidad.  “Pregúntame” respondió la protagonista al tiempo que se levantó para modelar su figura y su atuendo.  El público se vino en aplausos, todo lo que decía y explicaba era ovacionado.  Poco después fue al baño, yo aproveché para responder una pregunta y a su regreso, un personaje de esos que nunca faltan en la UCV, intentó evangelizarla.  Con toda la razón, Zulay se molestó. Tengo toda la película diciendo que no me quiero rehabilitar, goldo, decía.  El público continuaba aplaudiéndola.

Zulay_públicoEl evento terminó entre abrazos, pequeñas entrevistas, cariños, etcétera.  Invité a Zulay a comer y celebrar pero su respuesta fue nítida para decirlo en su argot.  “¡Qué comida, ni qué comida!, ¡qué cerveza ni qué cerveza!  Quiero la copia de mi película y el dinero que ibas a gastar en mí.  Ábrete, flaca.  Entendí que tenía ya preparada su rumba personal y accedí a sus peticiones dejándole claro que estaría con un grupo selecto de amigos en el bar de Las Tres G,  y que esperábamos que en algún momento de la noche nos brindara el privilegio de su presencia.

Pero no fue así.  La vimos un par de veces andar calle arriba y calle abajo acompañada de René u otras personas, pero a nosotros ni nos volteó a ver.  Más tarde, cerca de las diez de la noche, su estilista personal entró con la película en la mano pero tampoco se acercó.  De Zulay no supe más nada hasta dos días después.

MonagasDía veintisiete de enero del 2012.  Gañote largo y hondo gritando mi nombre a las afueras del edificio.  Mi madre avisándome de su presencia.  Bajé a encontrarla.  Allí estaba, lánguida, trasnochada, posiblemente sin dormir desde el estreno con una herida honda detrás de la oreja.  Se trataba de la típica herida que se hacía cuando en la abstinencia la sangre pica y se rasca para sacarse el gusano que sentía emergía de su piel. Regálame 30 bolos, flaca, para comprarme una medicina.   -¿La medicina de la piedra?- pregunté.  Guardó silencio.  Accedí dejándole claro que no podría costear su consumo diario.  Le pregunté si necesitaba algo más.  Me pidió agua y otra copia de la película para su mamá.  Complací sus peticiones.  Espero que nos veamos antes de que te vayas, se despidió.  -Por supuesto que sí- le respondí.

Sucedieron los días de ver a familiares y amigos que hacía más de un año que no veía;  de responder a un tratamiento médico y a múltiples diligencias burocráticas.  El domingo cinco de febrero del 2012 escribo a un familiar de Zulay para preguntar por su paradero y para entablar una reunión con su ex marido a quien tengo un especial cariño y no había visto.  La respuesta fue que Zulay había sido internada en el Hospital Clínico de la UCV dos días antes, el viernes tres de febrero.  Su hijo menor la había encontrado inconsciente en el cuartito. Zulay había padecido una amibiasis muy fuerte, estaba sedada y en el proceso de su hospitalización habían encontrado otras afecciones:  infección respiratoria, bajos niveles de glisemia, etc.  Pronto me dejaron claro que no podía ir a verla.  La madre había restringido el acceso a las visitas y sólo el hijo menor podía ir una vez al día para enterarse de su estado.  Aunque se me erizaba la piel, intuí que se trataba del fin.  Un cuerpo que había resistido dos décadas de vida en la calle, más de tres de adicción; difícilmente iba a tolerar un proceso de desintoxicación y, en el caso feliz de que se recuperara, Zulay no podría volver a la calle.  Tampoco era un secreto para nadie que prefería la muerte a tener que vivir con su madre.

AutobúsEse domingo acordé cita con el marido de Zulay y su hermana para el martes siete de febrero en la tarde noche, después de la misa de Raymond. Ese martes me levanté con una extraña premonición:  Capaz que voy y estando allá me dicen que Zulay ha muerto.  La piel estuvo erizada todo el día.  La sensación recrudeció a  golpe de seis de la tarde cuando me aproximaba a la casa.  Entré, hablé largamente con el marido de Zulay, su cuñada y una sobrina.  En plena conversa, a eso de las siete y media, ocho de la noche más o menos, el celular de la cuñada sonó: -Es la madre de Zulay que quiere hablar contigo-, dijo la cuñada al marido de Zulay. Él se apresuró a subir la escalera.  Tras instantes bajó y alcanzó a decir:  Se fue.  Lo siguiente fue una sucesión de imágenes de ella, de Raymond, de nuestra amistad, del rodaje y la reflexión de mi papá citando a Rilke: Todo gozo importante es comparable al movimiento de una fuente: Al ascenso y cúspide de sus aguas siempre sigue una estrepitosa caída. 

ZulayLa función había terminado en el sentido literal de la palabra y aunque esto me golpeaba y conmovía, agradecí a la vida no sólo el haber podido regalarle a Zulay el último momento feliz de su vida sino también, enterarme de su partida junto a los seres que ella más quería y que más la querían también.  No tengo palabras para describir el profundo agradecimiento que siento hacia el marido, el hijo, la cuñada y la sobrina de Zulay;  personas que poseen un profundo sentido de humanidad poco común en nuestros tiempos.  Al dolor y las lágrimas sucedieron las visitas de los vecinos, testigos hasta entonces silentes de una vida signada por el horror de generaciones de violencia y adicción. Todos hacían catarsis al contar la experiencia de décadas de maltrato y sufrimiento que ahora, con la partida de Zulay, posiblemente desaparecerían.  Al menos eso espera esta sufrida familia que una vez más, acoge abnegada la crianza de una nieta de Zulay,  hija de Raymond; y que se ha propuesto hacer grandes esfuerzos para que tan dolorosa historia no se repita.

Hoy se cumple un mes de la partida de Zulay Contreras Miralles, alias La Cuarta Gracia y pienso que tal vez toda esta experiencia puede servir para dejar un legado noble.  A su película he añadido las imágenes del estreno en la UCV y una esquela de su muerte.  Pienso que quizás ella estaría de acuerdo en cerrar este ciclo cumpliendo  ese último deseo manifestado en la función: Que la película sirva para que ninguno de ustedes pruebe esta droga maldita.  Ojalá pueda sacar nuevas copias y destinar el dinero de la comercialización del DVD a una Fundación encargada de rehabilitar a personas del consumo de drogas. Ese final, seguro, ayudará a sublimar su muerte.

(Escrito el 7 de marzo de 2012)

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